El capricho del lenguaje incluyente

Vivimos la era de lo políticamente correcto y parece que estamos encerrados en una cárcel donde la única salida es el uso del lenguaje incluyente. Sin embargo, aquello que parece capricho para los bienpensantes y estudiosos de la lengua, resulta fundamental para hacer visible a un grupo poblacional que ha vivido apartado de los reflectores y, sobre todo, del libre ejercicio de derechos humanos.

Un hombre realiza un show de comedia y cuenta un chiste que involucra a dos mujeres como protagonistas. De inmediato recibe críticas por el machismo de su frase y decide cambiar los personajes por dos extranjeros. Esto empeora la situación y lo acusan de xenófobo. Así continúa haciendo cambios sin tener éxito, sólo recriminaciones por parte de la audiencia. Frustrado ante la incomprensión, arroja granadas y acribilla con una metralleta a los asistentes.

La descripción anterior corresponde a un meme que circula en Internet, inspirado en la serie animada Los Simpson. Aunque como todo meme se trata de una parodia o exageración, sus divulgadores hacen eco de lo difícil que resulta vivir en una era que demanda lo políticamente correcto y en la que los espectadores parecemos tener la piel lo suficientemente delgada como para sentirnos aludidos y hasta ofendidos por cualquier comentario.

Sumado a la inconformidad de quienes realizan declaraciones que resultan “ofensivas” se encuentra el descontento de los expertos. Los bienpensantes y estudiosos de la lengua condenan enérgicamente los ajustes que se realizan a las palabras en aras de la inclusión social. La gramática y los derechos humanos aparentemente tienen fricciones que no logran resolverse.

Lo cierto es que en medio de esa batalla se encuentran quienes sí son directamente afectados por palabras o comentarios mal elaborados. En el caso de las personas con discapacidad, aumenta su invisibilización o promoción de estereotipos que no contribuyen a su plena inclusión. Pero esto no es producto de un meme o de los tiempos modernos, tiene una historia en la que no sólo este sector poblacional es protagonista. Como siempre y sin darnos cuenta, estamos involucrados todas y todos.

La verdad, no queremos que existan

Cuando la entonces secretaria de Educación y Cultura de Quintana Roo, Dra. Marisol Alamilla, dijo que “lo que más quería era que no existieran las personas con discapacidad”, hubo problemas. La sociedad demandó su remoción del cargo y, aunque esto no sucedió, la funcionaria debió disculparse públicamente por sus dichos. En efecto se trata de una declaración desafortunada, pero qué tanta culpa puede tener ella si de verdad la sociedad no quiere que existan las personas con discapacidad.

Desde hace siglos se ha negado la oportunidad de existencia a la población con discapacidad. Durante el apogeo de la civilización griega, se documentaron rituales de sacrificio y exterminio hacia seres con malformaciones por no cumplir con los estándares de la época. No está de más recordar que se trataba de una cultura que privilegiaba la belleza y cualquier “atentado” en contra de esto, debía ser eliminado.

Estas prácticas fueron reduciéndose conforme avanzó el tiempo para transformarse “solamente” en segregación social. El derecho a la vida les fue concedido, pero no el de formar parte de la sociedad en igualdad de condiciones. En todo caso se trataba de una vida condenada al infortunio, pues su presencia era consecuencia de un castigo divino, idea reforzada por el naciente cristianismo que buscó proteger a este grupo y alimentar en ellos la idea de que su “mal” podría curarse con la fe (bastaba recordar lo que hizo Jesucristo cuando le devolvió la vista al ciego e hizo caminar al paralítico).


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Y si estas acciones parecen lejanas en el tiempo, hay que hacer una parada en la primera parte del siglo XX cuando la eugenesia cobró fuerza y buscó rescatar lo “mejor” de la humanidad y separar a aquello que “no sirviera”, como las personas con desórdenes mentales (recientemente reconocidas como personas con discapacidad psicosocial). Bajo este concepto se permitieron crueles experimentos científicos que culminaron con granjas de personas en aislamiento y hasta esterilizaciones forzadas para que no se “propagara el mal”, como sucedió con el famoso caso Buck vs Bell.

Entonces ¿por qué escandalizarse de las declaraciones de una funcionaria cuando verdaderamente no queremos que existan las personas con discapacidad? Entre los estándares de belleza y buenas prácticas, las condiciones que se congregan bajo la sombrilla de la discapacidad parecen no tener cabida en la sociedad de ninguna época. Si no existen en lo físico, ¿por qué habrían de hacerlo en el discurso?

Entre lo políticamente correcto y lo gramaticalmente adecuado

La marginación de los lingüistas en la producción de manuales de buenas prácticas es un tema real. La mayor parte de estos documentos, que buscan instruir a la ciudadanía y a los profesionales sobre el uso del lenguaje incluyente, son desarrollados por grupos académicos que buscan transformar el discurso a través de justificaciones antropológicas y sociológicas, nunca lingüísticas.

De esta forma puede ser excluyente casi cualquier término y llamarle incluyente a lo que determinada teoría social exija. Esto fue señalado por Ignacio Bosque, destacado lingüista español, cuando recolectó diversos manuales sobre prácticas con perspectiva de género que fueron editados en su país.

Sólo una de las 9 guías consultadas se ocupó de contar con expertos en lenguaje e incluso el discurso pedagógico cambió de imposición a sólo recomendación del uso de ciertos términos. Por ejemplo, en lugar de desterrar el masculino como neutro (que dicho sea de paso, sí tiene orígenes machistas), se sugiere ir adoptando términos que incluyan a mujeres y hombres por igual en el discurso.

El mundo de la discapacidad no está exento a este tipo de señalamientos. Mientras se transita de términos como capacidades diferentes, minusválido o impedido a persona con discapacidad, expertos en lingüística señalan que incluso ese término socialmente aceptado es incorrecto. La discapacidad es una condición humana, agregan, por lo tanto decir persona con discapacidad es el equivalente a decir persona que es persona.

La discusión se torna profunda cuando, al hablar sobre lenguaje incluyente, no se está haciendo de un concepto universal. Según el grupo social al que se aplique tendrá reglas diferentes e implicaciones aún más diversas y complejas.

El abismo entre la no violencia y el respeto o cordialidad

De acuerdo a la normatividad mexicana, el lenguaje incluyente contribuye a que se erradique la violencia en contra de la mujer. La invitación (o imposición, según se perciba) es a utilizar términos que permitan incluir a las mujeres en el discurso y evitar conceptos que promueven estereotipos o formas de violencia contra ellas, como los piropos o aquellas palabras que las cosifiquen.

La batalla que han enfrentado las estudiosas de la perspectiva de género y las teóricas feministas contemporáneas no ha sido ni remotamente fácil. Se han visto afectadas por manifestaciones lingüísticas (otras veces físicas) incluso más agresivas que cualquier término que buscan erradicar. Sin hacer escala en alguno de esos momentos, puede decirse que la disputa por el lenguaje incluyente surge del resentimiento y la inconformidad de sus promotoras, según sus detractores.

Sin embargo la percepción cambia cuando se habla del lenguaje incluyente hacia las personas con discapacidad. La misma normatividad mexicana asegura que apropiarse de términos adecuados hacia este sector de la población provocaría “una cultura de respeto y armonía”. Según las instituciones mexicanas, para las personas con discapacidad no hay violencia o cosificación (como sí lo reconoce con las mujeres), sólo faltas de respeto.

Las personas con discapacidad están entre los grupos en situación de vulnerabilidad con mayor nivel de discriminación, tan sólo en la Ciudad de México se ubican entre los 5 primeros puestos. Además han sido documentados casos de abuso sexual y esterilizaciones forzadas en contra de mujeres con discapacidad y, recientemente, comenzó a surgir una línea de investigación sobre este tipo de condición de vida a partir de la violencia intrafamiliar, la migración y el narcotráfico. Pero sólo se trata de “faltas de respeto”.

entre los enfrentamientos y las decepciones lingüísticas se encuentran los otros, esos que no forman parte de ninguno de los dos bandos y sólo son meros espectadores

Más allá de las palabras

Es posible que la corrección del lenguaje no permita la inclusión plena e inmediata de ningún grupo poblacional que se sienta aludido por determinados conceptos, pero también es verdad que el discurso social tiene orígenes y consecuencias que son reflejo de hechos sociales a lo largo del tiempo. Este brevísimo recorrido histórico permite dar cuenta de ello al mostrar que se habla de algo más que palabras mal empleadas o intenciones negativas.

El uso del lenguaje incluyente no es tan sólo un capricho de quienes se sienten vulnerables ante un sistema social cuestionable, es la demanda de un grupo histórica y sistemáticamente excluido. Pero también es cierto que la suma de voluntades comienza la inclusión y quizá es tiempo de que antropólogos y lingüistas se encuentren para hallar ese término que permita un discurso que albergue a todos los protagonistas posibles.

Porque entre los enfrentamientos y las decepciones lingüísticas se encuentran los otros, esos que no forman parte de ninguno de los dos bandos y sólo son meros espectadores. Desde la tribuna buscan la complacencia para ambos sectores y lo único que logran es ser reprendidos, unas veces por no incluir en su discurso al grupo poblacional en cuestión, otras por no utilizar apropiadamente el lenguaje.

La promoción de la inclusión termina dividiendo más de lo que busca unir. La apuesta debiera ser encontrar un discurso incluyente y no sólo un lenguaje. Pero lo importante es que el tema está puesto, la mesa está servida para la discusión y es momento de encontrar momentos que nos definan y vivir más allá de las palabras, total, dicen que a ésas se las lleva el viento.

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