Así es el “caminito de la escuela” que vive una persona con discapacidad

La historia escolar de una persona con discapacidad suele ser diferente a la del promedio. Poco tiene que ver la condición de cada individuo, los prejuicios y las barreras son los que dificultan la trayectoria escolar de hombres y mujeres con alguna discapacidad. Desde la admisión hasta la rutina tradicional, todos aquellos que lograron acceder al sistema educativo tienen una historia que contar.

Los testimonios incluyen el papel de la familia y los profesores, por supuesto, como parte esencial del relato. Tienen en común las ganas de cambiar, pero en su contra el aparato burocrático y la falta de conocimiento sobre las características de cada condición. Y aunque algunas historias tienen un final alentador, el proceso se reconoce como difícil o al borde de lo imposible.

Para conocer un poco más de esta situación, solicitamos la opinión de la audiencia a través de Twitter utilizando el hashtag #HistoriasEscolares o mediante respuestas que nos acercaran a comprender la manera en la que se vive la educación cuando la discapacidad es una de las características de una persona o de un familiar (en el caso de tutores o cuidadores). Las historias mezclan la adversidad con las ganas de superación.


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Las personas con alguna discapacidad suelen iniciar su educación en escuelas con todo tipo de público, llamadas comúnmente “regulares”. Algunos de los relatos así lo confirman pues señalan haber asistido a escuelas a las que se refieren como normales, aunque con el tiempo dicen haberse integrado a algunas de educación especial hasta lograr la profesionalización.

“La verdad es que me fue muy bien, logré terminar sin ningún problema y no sufrí nada de bullying” comenta la usuaria Sinly, quien vive con una discapacidad visual, a propósito de su experiencia en una institución de educación básica para todo tipo de alumnos. Este relato contrasta con el de Terry, quien cuenta que su hermana fue víctima de acoso físico y verbal, debido a su discapacidad motriz, durante su paso por una escuela privada.

De acuerdo con cifras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), 7 de cada 10 niños sufren bullying en México y el 45% del alumnado reporta actos de violencia física, verbal y psicológica en su contra. Mientras Sinly “corrió con suerte” y no formó parte de las estadísticas, la hermana de Terry recibió ataques relacionados con su condición “era la chueca, la coja, la tiraban al suelo para que tuviera que levantarse”.

Esta clase de eventos hace que los padres o tutores tomen la determinación de enviar a sus hijas e hijos a escuelas especiales. Sinly completa su testimonio contando que el cambio no fue favorable para ella: “me pasaron cosas que nunca voy a olvidar, y no para bien”. Sin profundizar en qué clase de experiencias fueron las que vivió, algunas explicaciones pueden encontrarse en las condiciones en las que operan las escuelas de educación especial.

Este tipo de instituciones suelen estar en medio de situaciones que ponen a prueba a su personal y, como consecuencia, a los alumnos y alumnas. En México, por ejemplo, los Centros de Atención para Personas con Discapacidad viven actualmente en la incertidumbre, pues las reformas educativas amenazan su permanencia; sumado a condiciones precarias de operación y adeudo en pagos a maestros y demás personal.

La consecuencia inmediata es la deficiencia en los servicios educativos, pues sin infraestructura y materiales adecuados, la operación de una escuela se torna complicada. La atención que requieren algunos casos se transforma en aislamiento forzado o, por el contrario, en amotinamiento de condiciones con diferentes necesidades.

Además de esto, los profesionales de la educación se ven limitados en capacidad y conocimiento para atender a un miembro del alumnado que vive con discapacidad. Esa es la historia de Paulina y su hijo, quien vive con discapacidad múltiple derivado del Síndrome de Prader-Willi con el que vive. El pequeño no recibe la atención requerida ante el desconocimiento de su condición.

El Síndrome de Prader-Willi está considerado como una enfermedad rara. Los rasgos de las personas que viven con ella son la ausencia de sensación de saciedad, poca fuerza muscular y discapacidad intelectual, por mencionar algunos. Paulina relata que las escuelas carecen de profesores comprometidos y no entienden que alumnos como su hijo “lo único que quieren es ser aceptados”.

La fuerza y la determinación con la que Paulina comparte su testimonio es similar a la de muchas familias que procuran encontrar la mejor educación para sus hijos. Como en cualquier caso, un ambiente seguro y de amor proveen al educando de la estabilidad que requiere para enfrentar los retos a los que pueda enfrentarse, aunque ante necesidades especiales debe reforzarse. Así lo asegura el usuario NABD, quien vive con discapacidad auditiva y ahora es licenciado en bibliotecología.

NABD está consciente que su familia y el ambiente escolar (de experiencias “regular” y especial) fueron el soporte que necesitó para concluir sus estudios, al igual que la hermana de Terry, quien dejó atrás las experiencias de abuso y se convirtió en pedagoga. Y aunque ya trascendió el plano terrenal, sus últimos años los dedicó justamente a la educación de personas con algún tipo de discapacidad, especialmente las infancias.

La conclusión de los estudios y obtener la profesionalización parecen una meta secundaria cuando se enfrentan barreras arquitectónicas y sociales. Ambas pueden derribarse, pero hasta ahora sólo se han esquivado con creatividad y esfuerzo por parte del alumnado y sus familiares. La respuesta de las instituciones es vaga y el caminito a la escuela, ese que tan alegre se menciona en la canción de Cri Cri, parece que seguirá siendo privilegio de pocos y no el derecho de todas las personas.

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