Desde Todo Incluido manifestamos nuestra preocupación ante la renuncia de Mónica Maccise, quien hasta hace unas horas fungía como presidenta del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED). Si bien las circunstancias hacían bastante evidente que ocurriría, llama la atención que sumado a esto se haga público el desconocimiento de Presidencia, ya no de los logros, sino del quehacer de la Institución.

Distintas voces apuntan a una concentración del poder en la figura presidencial, especialmente después de que se anunciara la intención de desaparecer el Consejo y ceder enteramente sus funciones a la Secretaría de Gobernación. Más allá de que esto llegue a ser cierto, la sola posibilidad de que una Institución de las características de CONAPRED desaparezca hace tambalear la imagen de un México incluyente que buscaba conseguirse a través de la concienciación y el diálogo.

Decir que CONAPRED es perfecto, bajo la dirección de Maccise, Alexandra Haas, Ricardo Bucio o Gilberto Rincón Gallardo, sería mentir. Entre las críticas que puede hacerse, más allá de contabilizar una por una las posibles fallas, está la de haber hecho más durante sus respectivas gestiones. Hubo recomendaciones poco atinadas o insuficientes para erradicar la discriminación y lo que es peor, hubo omisiones ante evidentes casos de discriminación institucional hacia los llamados grupos en situación de vulnerabilidad.

Pero también es cierto que la historia moderna del activismo mexicano no podría escribirse sin la presencia de CONAPRED. Muchas de las luchas sociales que tanto sufrimiento, dolor, violencia e injusticia han provocado, encontraron en la Institución a un aliado para hacer visible, aunque fuera una mínima parte de su entorno. También el Consejo dio a conocer fuertes y vergonzosas cifras sobre el comportamiento de la sociedad a través de la Encuesta Nacional sobre Discriminación, que emitió en dos ocasiones y que descubre la terrible realidad de una sociedad mexicana que está lejos de la inclusión.

La renuncia de Mónica Maccise impacta porque supone la segunda crisis en materia de derechos humanos que lleva esta administración; la primera ocurrió tras la cuestionable designación de Rosario Piedra Ibarra como titular de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Las circunstancias son diferentes, pues Maccise abandona el puesto tras un error de convocatoria y realización para un evento sobre el racismo en México, e Ibarra fue nombrada a pesar de las voces que gritaban “imposición” y “autoritarismo”. Pero ambas situaciones comparten el olvidar a la ciudadanía y dejar en el abandono a millones de víctimas de actos discriminatorios.

En lo que concierne a temas relacionados con los de esta publicación digital, quedan en el tintero el que no se le niegue el acceso a la educación de niñas, niños y adolescentes con alguna discapacidad, que hombres y mujeres accedan a un trabajo digno y no sean despedidos de un empleo o convocados a él por vivir con alguna condición específica. También que mujeres con discapacidad puedan ejercer sus derechos en plenitud y no sean excluidas del sector salud o que miles de adultos mayores, que por su edad ya viven con alguna discapacidad, sean objeto de vejaciones en el sector público, por mencionar sólo algunos casos.

El reto que queda por delante es no dejar morir una institución que vela (o debería velar) por la inclusión social. Que la reforma sea el camino, pero no la disolución. Y, sobre todo, que México vea la oportunidad de darle a su población un espacio en el que la discriminación no tenga cabida y sí la cordialidad entre sus integrantes.

Esperamos sinceramente que este hecho no sea un presagio de una nueva normalidad que termine asemejándola a su predecesora, en la que la ignorancia reinó y terminó instaurando prejuicios que prevalecen hasta nuestros días. Ojalá que se trate solamente de los vestigios de esa etapa en la que la discriminación y la exclusión provocaron discursos que costaron integridades y vidas enteras.

El nuevo mundo nos pertenece, a ver qué hacemos con él.

Staff Todo Incluido